04 julio 2016

La rama dorada (18)

La víctima expiatoria humana en la Roma antigua

Visto lo anterior pasamos a la antigüedad clásica. Todos los años en Roma, el 14 de marzo, era llevado en procesión un hombre cubierto de pieles al que pegaban con cayados blancos y largos hasta echarlo de la ciudad. Le llamaban "el viejo Marte", y como el año romano empezaba en marzo representaba al Marte del año anterior expulsado en el año nuevo. Pues Marte era en origen un dios de la vegetación, al que rezaban los labradores y a quien se sacrificaba un caballo en octubre para asegurar una abundante recolección.

Como no hay razón para expulsar a un dios de una ciudad, ni Frazer crée que se trate simplemente de la personificación del año viejo, lo considera una víctima expiatoria que se lleva los pecados fuera de la ciudad. Además, la expulsaban hacia el país de los óseos, enemigos de Roma.

La víctima expiatoria humana en la Grecia antigua

En Queronea se realizaba "la expulsión del hambre". Pegaban a un esclavo con cayados de sauce y lo expulsaban al grito de "Afuera con el hambre y adentro con la riqueza y la salud".

En la colonia griega de Marsella, cuando llegaba una plaga, un hombre de la clase más pobre se ofrecía como víctima expiatoria y durante un año era mantenido a expensas públicas. Al acabar el año le ponían vestiduras sagradas y recorría la ciudad mientras se rezaba para que todos los males del pueblo cayeran sobre su cabeza. Después era expulsado de la ciudad o muerto a pedradas fuera de las murallas. Los atenienses mantenían también a varias personas en espera de que una calamidad cayera sobre la ciudad, y parece ser que todos los años en el festival de la Targelia se lapidaba a una víctima para los hombres y otra para las mujeres. La ciudad de Abdera, en Tracia, tenía un ritual semejante de lapidación anual.

Los leucadianos lanzaban anualmente un criminal al mar, aunque no moría y luego lo llevaban en una lancha más allá de la frontera. Los griegos de Asia Menor escogían a una persona deforme o repugnante, cuando llegaba una peste o el hambre, y tras cumplir un ritual echaban sus cenizas al mar. Se le golpeaba con ciertas ramas, como la cebolla albarrana, a las que se creía un poder mágico de apartar las influencias malignas.

De ahí deduce Frazer que los azotamientos de la víctima no son para hacerle sufrir, sino para purificarle. Se aumentaba su poder divino en el momento cumbre. Sigue una comparativa por diversas zonas del mundo del uso de golpes con palos para transmitir fertilidad o poderes curativos.

Así pues, de nuevo regresamos al argumento original de este libro: La muerte del sacerdote del bosque de Diana. Frazer considera probado que en Grecia se sacrificaba a un representante del espíritu del bosque, y ahora para rematar procede a demostrar que también en la Italia antigua se mataba al representante humano de un dios.

La Saturnalia romana

Está comprobado que muchos pueblos observaron un período anual de libertinaje en que se dejaban de lado la ley y la moral. Tales explosiones de las fuerzas reprimidas de la naturaleza humana degeneraban en lo que Frazer llama "las más salvajes orgías de salacidad y crimen", y solían celebrarse al finalizar el año, asociadas a la temporada de siembra o recolección.

La Saturnalia romana recaía en diciembre, y el pueblo suponía que su objeto era conmemorar el feliz reinado de Saturno, dios de la siembra, que vivió hace mucho tiempo como un rey de Italia, benéfico y justo, que enseñó a los toscos montañeses a cultivar el suelo y les dió leyes. Su reinado fue la fabulosa Edad de Oro, sin guerras ni discordia, la esclavitud y la propiedad privada eran desconocidas. El buen dios desapareció súbitamente, y se erigieron templos en su honor, pero se decía que sus altares fueron teñidos con la sangre de víctimas humanas que en una época posterior más piadosa se sustituyeron por efigies.

"Comilonas, borracheras, y toda loca búsqueda de placer" duraban siete días, del 17 al 23 de diciembre. Pero ningún rasgo es más notable que la licencia concedida en esos días a los esclavos; podían injuriar a su amo, sentarse a la mesa con ellos, y aún más los amos les servían en la mesa. Se nombraba un "rey de burlas" como hemos visto en otras culturas, del que suponemos representaba al mismo Saturno.

Frazer nos cuenta una narración del sacrificio de un rey de burlas en el año 303, el martirio de San Dasio, al que da credibilidad por ser minucioso y libre de milagros. En las fronteras de la civilización romana todavía se practicaba el ritual al modo antiguo.

Concluye con una comparación con los carnavales en países latinos y el "rey de la habichuela", al que le toca la habichuela en la torta de Reyes Magos.