08 mayo 2016

La rama dorada (17)

La expulsión del mal

El capítulo anterior trataba sobre la transferencia del mal a otra persona, animal, o cosa. Ahora Frazer comentará que son muchas las culturas que practican una explusión ritual de males o demonios, a nivel público, y a menudo en ocasiones fijadas.

Hay dos tipos de expulsión de demonios; los que están en forma inmaterial y se expulsan de forma directa, y los que están corporeizados en una víctima expiatoria.

Ejemplos de lo primero son como el que se da en la isla de Rook, donde cuando ha sucedido una desgracia todo el pueblo corre a dar alaridos y blandir estacas, y paso a paso van haciendo retroceder al mal hasta llegar al mar. En Nueva Caledonia cavan un hoyo, conjuran al demonio, y luego lo rellenan de tierra dando más alaridos. Aparte de los gritos, entre los dieris australianos se golpea el suelo con una cola de canguro curtida.

En las Célebes se hace un ritual similar de griterío, y luego se enciende un fuego de cocina que debe aguantar tres días para certificar que los demonios fueron expulsados. Siguen otros ejemplos en los que se coloca un cebo fuera del poblado para atraer a los demonios, incluso ofrenciéndoles algún animal sacrificado para ello. Y ejemplos en los que para evitar una epidemia el poblado entero huye de los espíritus que la han causado, o de unos chinos atacados por el cólera que sacaron sus espadas para asustar al demonio.

Los rituales llegan a hacerse de forma periódica para asegurar la salud. Por ejemplo, una vez al año. Siguen varios casos, todos bastante parecidos a los anteriores en sus formas, de varios rincones del mundo hasta regresar a Europa y sus ritos de "expulsión de las brujas" a base de tocar campanas de iglesia o hacer procesiones de antorchas. Los gritos y ruidos fuertes en general siguen siendo utilizados para estos menesteres.

Víctimas expiatorias

Los pomos de California celebran cada siete años una expulsión de demonios representados por veinte o treinta hombres disfrazados. Suben al monte y se colocan vasijas de brea sobre las cabezas, para regresar con estas ardiendo. Se simula una lucha y acaban huyendo.

Siguen otros ejemplos, y uno en que el demonio entra en una figura de madera. A partir de aquí Frazer distingue entre las expulsiones periódicas y las ocasionales.

Entre las ocasionales se cita la de usar una barca para que se lleve las enfermedades, si les llegase una barca de otra tribu la quemarían pensando que viene infectada. Después llegan los ejemplos en que un animal se hace cargo del mal, como una vaca sagrada entre los dinkas del Nilo. El animal será abandonado en el desierto para ser presa de las fieras. Los aymara de Bolivia y Perú hicieron algo parecido con una llama de color negro durante una epidemia en 1857.

Entre las víctimas humanas se cuenta un caso en Uganda, donde se escogen según una marca o defecto corporal, se hacen acompañar por animales y se les conduce hasta la frontera enemiga, donde se les rompen las extremidades para que no puedan regresar y mueran allí.

Expulsión periódica de demonios en un vehículo material

Se relata cómo unos indígenas del Índico hacen cada año un barco para expulsar los males, donde ponen cebos tales como arroz y huevos. En la isla de Nicobar hay hasta unas hojas "expulsa-demonios".

En algunas partes de China se celebra el tercer mes del año un festival de destrucción de los males de los doce meses pasados. Llenan un jarrón de loza y pólvora y lo hacen estallar, dispersando el mal, pasando después a la borrachera y orgía. Los gitanos del sur de Europa realizan un ritual al anochecer del domingo de Pascua, depositando el mal y las enfermedades en una vasija de madera que echarán en un río, envuelta en lana roja y blanca.

Entre los garos de Asam se expulsan en forma de animal, un mono o rata del bambú, que se pasea por toda la aldea recogiendo los demonios y se mata en las afueras. Después se le crucifica entre bambúes. Se narran dos ejemplos con perros, y el famoso "chivo expiatorio" de los judíos, el décimo día del séptimo mes una cabra se lleva los pecados al desierto.

Los sacrificios humanos también son posibles, o los de animales sagrados. Frazer deduce que vacas y toros fueron sagrados en el Antiguo Egipto y que sólo se sacrificaban cuando cumplían ciertas características, habiendo un ritual de transferencia del mal sobre una cabeza de toro que después vendían a los griegos o echaban a un río.

La víctima expiatoria puede ser un "hombre divino". Entre los gondos el dios de las cosechas puede descender sobre uno de sus adoradores, que de repente convulsiona y se lanza hacia la selva, no recuperando el sentido hasta uno o dos días después. En el Tibet budista la ceremonia presenta rasgos notables, en la primera luna nueva del año un monje puja por el puesto que llaman Jalno y se convierte en gobernante durante 23 días imponiendo multas con las que consigue un beneficio diez veces superior al gasto que hizo para comprar el puesto.

Durante los 10 días siguientes el Jalno nombra un "rey de burlas" al que llaman "rey de los años", que el último día discutirá con el Jalno sobre religión. El Jalno, que sustituye al gran Lama, concluye en resolver la disputa teológica lanzando dados. Sólo que los dados del Jalno tiene seises en todas sus caras y los del rey de los años sólo tienen unos. El perdedor es expulsado de la ciudad de Lassa y perseguido, viviendo durante meses o un año en las cuevas de las montañas de Chetang. Si muere durante ese plazo es tenido por buen presagio.

Frazer concluye que las formas de expulsión del mal, corporeizado o no, son idénticas. Que en el caso de que sean periódicas coincide con una estación de cambio en la zona (comienzo del invierno, estación de las lluvias, siembra, recolección...). En tercer lugar, que la ceremonia es precedida o sucedida por un periodo de libertinaje general. En cuarto y último se explaya sobre los casos en que un hombre divino muere por los pecados de los demás. En principio el hombre-dios moría, como hemos visto en capítulos anteriores, para preservar la divinidad de la vejez. Pero después, ya que iba a morir de todos modos, se aprovechó para cargarle los pecados.